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Revista Dominical - 2021-05-02

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Monet navega sobre la luz

EN ESTA EDICIÓN

modelo predilecta, Camille. Huye para Londres, donde conoce a Durand Ruel. Dueño de varias importantes galerías en Londres, Ruel le organiza a Monet una exposición que será un triunfo. Comienzo de la gloria, empañada por algunas heridas. En 1879 muere su esposa. Fascinado por la costa Normanda, crea la mayoría de sus paisajes marítimos. Tres años más tarde se instala en Giverny, su futuro taller, la más grande de sus obras maestras: jardín - pintura, pintura - jardín. Amistad profunda con el escultor Rodin, que le obsequia varias de sus obras, con el poeta Mallarmé, y todos sus colegas del impresionismo. La armonía de sus relaciones no se vio nunca empañada por el menor asomo de envidia. Como decía Schumann: “Quizás solo el genio puede comprender al genio”. En 1892 se casa con otra de sus modelos: Alice Hoschedé. Viajes por Noruega, Venecia, Londres, Holanda: “La luz de cada país tiene su especificidad: no hay dos que sean idénticas”. ¡Cuánta razón, en este aserto! En 1911 muere Alice. Hasta Giverny llega el fragor de la Primera Guerra Mundial. Después del armisticio, Monet lega al Estado su monumental serie de las ninfeas o nenúfares, trasladadas al lienzo directamente del estanque de su jardín en Giverny. Indecible angustia producida por la pérdida de la vista que le ocasionan cataratas en ambos ojos. Operación exitosa, y últimos años activo, vital, enamorado de la naturaleza hasta el fin. Muere en 1926 en Giverny. Está enterrado en el jardín de una iglesita de piedra, a pocos metros de Giverny. Heráclito incapaz de fijar lo que ante sus ojos desfilaba, Monet iba con el tiempo: amaba la infinita mutación de la realidad. “Siempre fui y seguiré siendo un rebelde” –nos dice desde sus años de formación–. Y esta rebeldía se manifestaría de la manera más irreverente pero también más artística: haciendo caricaturas de sus profesores. Su entrada en el mundo de la plástica fue como caricaturista de inmenso talento –destreza que no fue celebrada por las víctimas de turno-. Una de las grandes influencias de su vida fue la santemos, anémonas, clematitas, gladiolos, capuchinas, iris, peonías, volúbilis, amapolas, albaricoques de Japón… si las mencionamos con tal profusión es porque, más bien que un jardín de flores, era un jardín de tonos y colores; es decir, que las plantas estaban escogidas de manera que florecieran en diferentes momentos, produciendo –como si se tratase de la paleta de un pintor– tonalidades predominantes o complementarias: Monet “pintaba” su jardín escogiendo las combinaciones cromáticas que, en cada momento del año, iban a colorear el pensil. “Mi jardín es lo más bello que he hecho en mi vida. Quiero vivir y morir entre mis flores”. Y, por supuesto, los nenúfares, ninfeas y demás plantas acuáticas, que Monet pintó en lienzos que, por su carácter vago, a veces apenas determinable, anuncian ya el abstraccionismo. “Monet es el verdadero padre de la abstracción” –dijo Kandinsky–. Hoy en día, los enormes lienzos de las ninfeas pueden ser vistos en el museo de la Orangerie, en París. Monet adornó además el interior de la casa con una valiosísima colección de arte japonés: urnas, cerámica, cuadros: las japoneries que se hicieron tan populares después de la Exposición Universal de París, en 1889. No fue sino hasta 1980 que el jardín de Giverny fue declarado museo por el Estado francés. Dos principios articulan el jardín: el ordenamiento de las flores en hileras y configuraciones simétricas, el diseño cartesiano y geométrico de Le Nôtre, jardinero de Luis XVI y diseñador de los bellísimos predios de Versalles por un lado; por el otro, el caos, la naturaleza que crece desmelenada, completamente emancipada de los planos cartesianos, umbría y selvática, de los jardines ingleses. Cuando se leen los conceptos que Monet consignó a propósito de su obra, nos damos cuenta de la eterna insatisfacción que le producía la distancia entre su pintura y el espléndido sueño de luz y color que vislumbrara. Su ambición fue recrear un espacio inmenso de poesía y atmósfera infinitamente cambiante. “No, no soy un gran pintor ni un gran poeta. Me he limitado a hacer lo que he podido para expresar lo que siento delante de la naturaleza. No soy un genio”. En eso se equivocó de palmo a palmo.

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