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Revista Dominical - 2021-10-10

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Las dos caras de ‘Henrietta, el musical’

EN ESTA EDICIÓN

TOBÍAS OVARES tobiasovares@gmail.com

Hes un fenómeno que excede los alcances de una crítica de medios. Su narrativa —una ficción revestida de historicidad— deberá ser desentrañada por especialistas, a fin de establecer el límite entre ambos territorios. Sin embargo, es innegable que estamos frente a un montaje de dos caras: en el ámbito formal, exuda calidad de principio a fin, mientras que, en el ideológico, alcanza las cumbres del despropósito. Como propuesta escénica, Henrietta, el musical es un tejido de imágenes y sonoridades potentes. El diseño escenográfico —material y virtual— fusiona objetos con proyecciones animadas y secuencias cinematográficas de archivo. Estos recursos sostienen la ilusión de épocas pasadas o de lugares tan específicos como un puerto, una terminal ferroviaria o un campo de batalla. Las transiciones entre escenas fluyen sin traba gracias a los pocos, pero bien pensados elementos materiales. La música de Bernardo Quesada despliega una amplia paleta de géneros, ritmos y referencias culturales en la que se destacan el tango, el mariachi, la polka, el jazz y la guaracha. Los temas crean la atmósfera precisa para amplificar los estados emocionales que atraviesan los personajes. Desde la sátira carnavalesca de Welcome to Costa Rica hasta el drama íntimo de Canción de las dos Henriettas, la propuesta de Quesada se potenció por el afinado trabajo vocal del elenco y la precisión de una orquesta generosa en sus posibilidades sonoras. A nivel interpretativo, se aprecia un desempeño consistente que puede explicarse, además de la dotación técnica del elenco, por la suma de muchas trayectorias de peso. La “veteranía” —en el género musical— de Karina Lesko, Johnny Howell, Isabel Guzmán o Mildred Ramírez ha forjado una escuela cuyo trabajo tiene igual profundidad al asumir tareas de canto, baile o actuación. En Costa Rica se estrena, desde el 2015, un musical de gran formato cada dos años. La cifra es modesta, pero, en nuestro contexto, es una odisea que rinde sus frutos. A pesar de lo anterior, el espectáculo es problemático por el endeble tinglado histórico e ideológico que exhibe. Se insiste, con excesiva ligereza, en una relación de causa y efecto entre la actitud feminista de la señora Henrietta Boggs y la obtención, en 1949, del derecho de las mujeres a ejercer el voto. De esa manera, el tándem Boggs-Figueres usurpa los méritos que pertenecen a las integrantes de la Liga Feminista y al grupo de educadoras del Bloque de Obreros y Campesinos. Todas ellas —entre las que destacan varias Beneméritas de la

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